Un día, por desgracia, a Ernesto se le escapó una. Isabel entró en la tienda chillando, quería que le diesen una goma de borrar para robots secuestradores. ¡Dios mío! Ernesto no se había encontrado con un caso como ese. Le entró un ataque de histeria y le rogó a Isabel que por lo que más quisiera volviera al día siguiente a las nueve, para esa hora ya tendría la goma necesaria. Isabel indignada empezó a gritar: -¿Cómo me dice esto? ¿Qué se ha creído? Mi hijo tiene un problema muy grave y es estrictamente necesario que le encuentre una solución. ¡Esto es ridículo!-.
Menuda catástrofe, la fama de Ernesto descendió en cuestión de días. Las madres ya no se fiaban de él. Lo peor de todo fue cuando se supo que él no había tenido nunca una pesadilla. Estuvo a punto de acabarse todo, “¡vaya ignorante!” se decía por las calles. Ernesto se esforzaba a más no poder por recuperar su éxito. Además, se comentaba que otro vecino había descubierto la fórmula de las gomas y que en breve las empezaría a vender. ¿Qué iba a hacer, pobre Ernesto? Decidió ponerse en marcha; aumentó las clasificaciones hasta el triple y, por supuesto, juró por lo que más quisiera que él sí había tenido pesadillas.
Poco a poco fue recuperando su fama: las serpientes no volvieron a aparecer debajo del colchón, los domingos seguían siendo días de fútbol, el maquillaje no causaba las peores irritaciones del mundo, los hermanos no hacían el vacío y las noches eran mucho más tranquilas.
Y, de golpe, la competencia lanzó al mercado unas gomas mucho, mucho, más efectivas. Un día, entró Juan (uno de ellos) en la tienda, empezó a mirar artículos y, finalmente, dijo:
–Vaya, vaya, parece que cada vez caes más bajo. ¡Qué triste!
–Buff, ¿a mí me lo dices? Creí que eras tu quien había robado la fórmula a escondidas y había hecho experimentos con su hermana pequeña.
–No tienes pruebas contra eso, sabes que no lo podrás demostrar. Ya ves, tus hermanos, tus padres, toda tu familia y amigos te han abandonado, sólo vives obsesionado con pesadillas que nunca soñarás. Sabes que siempre seguirá así, por mucho que te esfuerces- y se fue.
Ernesto se quedó destrozado. Debía estar bastante ciego si no había visto todo lo que Juan le había dicho. ¡No, no, no! No iba a permitirlo, cerró la papelería por vacaciones, recogió sus cosas y se fue hasta Lérida donde vivían sus padres.
A pesar de no haber hablado con él desde hacía tiempo, un hijo es un hijo y ellos le acogieron con todo el cariño del mundo. Durante días dejó de hablar de pesadillas y sin darse cuenta fue olvidándolas poco a poco. Visititaba a viejos amigos de la escuela, acompañaba al parque a sus sobrinos, preparaba grandes comidas familiares… Un día tomó la decisión de cerrar la papelería y volver a los estudios. Creía que así podría empezar una nueva vida por decirlo de otra manera. Ese mismo día se lo comunicó a sus padres y cuando se fue a dormir disfrutó de una tranquilidad que ni se habría podido imaginar dos meses atrás. Resulta bastante irónico el hecho de que a la mañana siguiente Ernesto se despertase sudoroso y alterado, con los nervios en punta; había tenido una pesadilla.
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ResponderEliminarem mola l'ernesto...
ResponderEliminarés superoriginal, enserio. molt cool
c u
:)
AI MERDA
ResponderEliminarvilwarin al habla, ske bah m'he fet un blog a part pq no el pugui llegir ningú que conegui. (excepte 2 persones) i porto un cacau d noms del 15.
enfin enfin, k xaxi el text!!
ostie, stas a totes :) mola
ResponderEliminarhe de dir q em fas un poc d'enveja x nar a veure nada surf (oh yeah, io tmb m'imformo! jajaj s broma).
yo tinc exàmens.
diga'm prima... diga'm prima!
yija.
c u! ;)